El Medio Natural: Ecosistema, Flora y Fauna

El término municipal de Beas se encuentra localizado a medio camino de dos grandes unidades fisiográficas de nuestra provincia, el Andévalo, al norte, y la Campiña, al sur. Esta diferenciación puede ser perfectamente apreciada por cualquier viajero que se acerque a nuestro municipio utilizando como vía de acceso la carretera N-435, que une Huelva con Badajoz. Si viene desde el sur lo primero que sus sentidos captarán serán los paisajes agrícolas de olivares, viñedos y cereales, luego se encontrará con la capital, Beas, y, tras atravesarla, detectará como el paisaje cambia radicalmente para dar paso a las dehesas de encinas y, luego, a montes más transformados para aprovechamientos forestales, en los que comienzan a predominar los pinos y eucaliptos.

Por tanto, nuestro municipio presenta al norte las primeras estribaciones montañosas de poca altura de Sierra Morena, con una orografía ondulada, destacando entre las cumbres el Cerro de la Alcornocosa de 184 metros, la Cumbre del Águila con 189 metros, el Cabezo de la Sepultura que alcanza los 196 metros y la Estación de Venta Eligió, cima del municipio con 231 metros de altitud. Estos terrenos son de materiales silíceos muy antiguos, constituidos fundamentalmente por pizarras y areniscas.

En cambio en el sur del municipio los terrenos son muy aptos para la agricultura, están formados por depósitos marinos y continentales, tierras de configuración geológica mucho mas recientes, pertenecientes a la Depresión del Guadalquivir, en los que predominan las arenas, areniscas y margas azules, muy buenas para los aprovechamientos agrícolas.

El hecho de que el término municipal se encuentre a camino entre estas dos grandes unidades fisiográficas, va a determinar que sus más de 14.000 hectáreas de superficie nos sorprendan por su gran variedad paisajística. Tal vez el paisaje más conocido sea el ruedo de Beas, es decir, el conjunto de paisajes agrarios situados en torno a los dos principales núcleos de población: Candón y Beas, con parajes como El Cabezo del Moro, Las Camachas, Portíllejos, Las Suertes Angostas, Las Traviesas, Matahijos, El Charco Hondo, Las Cuestas, La Alameda, Las Monjas, El Coto de Candón... en los que destacan los campos labrados de olivos, vides y cereales.

Es un paisaje muy alterado por el hombre, pero que también ejerce una cierta atracción para alguna fauna, especialmente aves. Por ejemplo, el olivar sirve de cobijo para una importante avifauna invernante: petirrojos, lavanderas, zorzales etc.

Los campos de cereales y viñedos ofrecen sustento a un gran número de especies estivales: golondrinas, aviones, vencejos, alcaudones, aguiluchos, etc. Junto a estas aves no es extraño encontrar otras especies animales como conejos, liebres, ratas comunes, ratones caseros, topillos, cigüeñas, milanos negros, lechuzas comunes, abubillas, garcetas, verderones, jilgueros, sapos, lagartijas, culebras, etc.

Además la parcelación de propiedades, con la existencia de vallados y setos naturales, permite la existencia de una vegetación silvestre, productora de semillas y frutos, que ofrece alimento y refugio para la fauna. De este modo a lo largo de la campiña pueden observase setos de chumberas, pitas, lentiscos, zarzas, etc. con otras especies de matorral como jaras, torviscos y palmitos, o de lianas, como zarzaparrillas, madreselvas... Pero la cada vez mayor potencia de los vehículos de labor está haciendo en muchos casos mermar esta flora natural, eliminando estos setos y, consecuentemente, a la fauna que habita en ellos.

A este problema hay que añadir el cada vez mayor uso y abuso de pesticidas y herbicidas, que esta terminando por envenenar progresivamente la fauna y el abandono y pérdida continuada de las polladas.

Los bosques de ribera constituyen otro de nuestros importantes ecosistemas ambientales. Los arroyos que atraviesan las zonas agrícolas actúan con la vegetación que crece en sus orillas como barreras de rotura de vientos y protección de cultivos. Esa vegetación de su ribera contribuye a mantener la estructura de los cauces y protege a las tierras de labor de avenidas y riadas. Los setos fluviales constituyen igualmente auténticas islas naturales dispersas, por cuyos corredores la fauna puede discurrir de unos puntos a otros, sirviéndoles de lugar de cobijo, zona de cría y alimentación. Ejemplos de este bosque lo encontramos en el arroyo de los molinos, arroyo de la Parrilla, arroyo de la Bárcena,...

Otra de las grandes unidades paisajísticas del municipio es la dehesa, en la que se combinan encinas y alcornoques con matorrales: lentisco, madroños, tomillos, romeros, aulagas... y pastos; las tiernas yerbas estacionales que crecen en la misma son de gran valor nutritivo para el ganado. Los frutos de la dehesa son aprovechados por piaras de cerdo ibérico u otros rumiantes. A partir de 1970 con el inicio de su actividad de la empresa de celulosas ubicada en Huelva, se inició la plantación masiva de eucaliptos en zonas antes ocupadas por dehesas.

Hoy este paisaje tan, mermado, como ya se ha comprobado, pervive con algunos buenos ejemplos, como pueden ser Pallares en la carretera que conduce a Fuente de la Corcha y La Pocilga, próxima al núcleo de Beas, junto a la N-435, así como en La Nicoba, La Casa Nueva y El Conejero.

Nuevos paisajes, muy diferentes a los que hasta ahora hemos analizado, nos vamos a encontrar al noroeste del término municipal, zona más inaccesible para el hombre y, por tanto la menos conocida por los beasinos. Este espacio, de gran belleza, se extiende por una ancha franja a lo largo del curso del río Odiel; coincide básicamente con los Baldíos de Beas, una finca de unas 2.200 hectáreas de propiedad municipal y administradas por el Instituto Andaluz de Reforma Agraria. Son los últimos reductos estos, junto con otras pequeñas parcelas en el barranco de Pedro López, de los inmensos baldíos que nuestro municipio poseía hasta 1855.